Saturday, March 7, 2009

DOMINGO 2do DE CUARESMA

8 DE MARZO DE 2009

Queridos Hermanos:

En el evangelio del día de hoy nos encontramos a Jesucristo Transfigurado, ante la presencia de tres de sus apóstoles. Nuestra santa madre la Iglesia nos presenta esta escena durante este tiempo de penitencia para mostrarnos la gloria que nos espera, si perseveramos en esta vida, a la que nos ha llamado.

Debemos abrazar la vida de penitencia, como lo vimos la semana pasada, con Jesucristo ayunando en el desierto. Nuestro señor nos invita a la penitencia primero, para recibir el placer posteriormente. Los anticristos nos señalan lo contrario, eliminar toda penitencia y vivir una vida llena de placeres y gratificaciones, para poder ganarnos el sufrimiento en el infierno eternamente.

Para alcanzar la recompensa de nuestra penitencia es necesario subir a la montaña. Debemos subir por nuestra cuenta, ya que hay muy pocos que estarán dispuestos a acompañarnos, porque el mundo ve la cuesta de la montaña muy difícil y prefieren disfrutar los placeres inmediatos de esta vida. Debemos hacer lo que nos dice san Pablo en la epístola de hoy: “porque, ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación: que os guardéis de la fornicación…”

Debemos escalar mas allá de las máximas de este mundo, buscando siempre un objetivo mayor, y nunca conformarnos con los placeres vacios de este mundo.

En esta jornada debemos tomar tres compañeros. Como lo hizo Nuestro Señor, con San Pedro, Santiago y Juan, es decir que debemos tomar las virtudes que simbolizan estos apóstoles: Fe (San Pedro, la Roca y fundamento de la Iglesia), Esperanza (San Juan, el primer apóstol que recibió la corona del martirio) y la Caridad (San Juan el discípulo amado). Nuestra vida de penitencia debe siempre estar acompañada de estas tres virtudes de lo contrario será en vano.

“Sin fe es imposible agradar a Dios, porque quien viene a Dios debe creer” (Hebreos 11:6) es la fe que nos convence de la necesidad de la penitencia y la motivación que necesitamos para cumplirla. “A menos que hagáis penitencia, perecerás” (San Lucas 13.3). Muchos pecadores han perdido la fe, o son de fe débil, y no la toman a conciencia, por lo tanto un número muy reducido verdaderamente se arrepiente y hace penitencia.

La esperanza nos da la luz del gozo que nos espera. Vemos brevemente la Transfiguración de nuestro Señor. Nos da una probadita de lo que veremos con los ángeles y el placer que nos espera con estos. Confiar en la bondad y misericordia de Dios nos da la esperanza de una recompensa similar. El pecador que ha perdido la esperanza no puede convertirse porque la considera innecesaria, se dirá a sí mismo: “Por qué me preocupo en hacer penitencia, si no puedo esperar el perdón de Dios?

Pero, por encima de todo esto debemos tener caridad. Sin amor, no podemos hacer nada de valor. Si permitimos que el amor Divino tome posesión de nosotros seremos capaces de hacer grandes cosas. Una vez que el pecador es envuelto por el amor de Dios, experimentara el dolor más amargo y vergonzoso por sus malas acciones, cortará con mano firme sus pecados y lleno de contrición, implorará la misericordia y la gracia de Dios. Santa maría Magdalena se separó de un solo tajo de sus compañeros del pecado. Se acerco donde los invitados se habían reunido y se arrodillo ante Jesucristo, sin pensar que dirían los demás, lavó los pies de Jesucristo con sus lagrimas y no se levantó hasta que escucho las palabras de gran consuelo de Nuestro Señor: “”Tus pecados te son perdonados”.

Si este divino amor llenara nuestro corazón, con qué rapidez y facilidad empezaríamos a hacer penitencia y con gran constancia permaneceríamos en esta.
Con estos tres compañeros subimos a la montaña a recibir el consuelo y coraje de continuar y vivir la Transfiguración. Después regresamos a nuestra vida de penitencia para continuar el resto de nuestros días aquí en la tierra.

Lo que el alma experimenta en estos momentos celestiales está más allá de nuestra comprensión y compromete al alma a observar y hacer todo lo que Nuestro Señor ordena a sus apóstoles. Debemos mantenerlos en nuestro corazón hasta el regreso de nuestro Señor. Solo de esta manera podremos comunicar a los demás las maravillas que hemos visto.

Luchemos con coraje viril subir a la montaña de la penitencia aunque tengamos que hacerlo sin la compañía de nuestros familiares y amigos. Tomemos, eso sí, a nuestros mejores compañeros, la fe, la esperanza y la caridad. Y aunque queramos nunca dejar los gozos que experimentamos en la montaña, no tengamos ningún temor subir más alto, porque siempre habrá mayores recompensamos conforme mas escalamos. El verdadero amor por Dios jamás será suficiente. El amor siempre crece y busca más. Así como Dios es infinito, infinito es el nivel que alcanzaremos y el gozo que experimentaremos al unirnos con El.

Que Así Sea.